martes, 9 de diciembre de 2025

El Elefante triste

Nada mas triste que un elefante en un circo. En realidad, nada más triste que cualquier animal en un circo -o simplemente encerrado-...

Cuesta ver a un elefante a priori poderoso, enérgico, alegre y ágil -pese a sus doce toneladas de peso- con unos ojos apagados, esquivos, resignados a cumplir con las 3 funciones de circo que tiene programadas al día. Atado con un ridículo cordel a una frágil estaca, de la que, pese a su fuerza, es incapaz de liberarse. 



Dicen que los condicionan de pequeños, atándolos con una soga firme a un árbol grande de tronco grueso y raíces profundas del que, por mucho que lo intentan, no pueden escapar. Y ese -mal- aprendizaje les marca para toda la vida hasta el punto de resignarse en cuanto les ponen un cordel a una estaca, por pequeño que sea el cordel, por pequeña que la estaca sea. Dejan de luchar, dejan de ser libres. De ahí sus ojos tristes. 



A veces -más de las que creemos- somos como ese elefante triste al que de pequeño le enseñaron que no se puede salir del camino marcado por lo socialmente establecido. Y nos resignamos a mirar el cordel y la estaca sin atrevernos a estirar e intentar sacarla, sin atrevernos a ver qué hay más allá de las 3 funciones diarias de circo. 

Hasta que un día abres -o te abren-  los ojos. Y te encuentras con un grupo que, cada uno a su manera, se rebela ante el cordel y la estaca. De una forma muy simple: viajando y dando pedales. 



Y te dan lecciones de vida. De aquellos que llevan muchos kilómetros y arañazos en las piernas -y en el corazón- y también de los acaban de empezar pasados los 40, pasados los 50, pasados los 60 años. 



Porque nunca es tarde para rebelarse y querer sentirse libre. Dando pedales. Y aprender que los cordeles y las cuerdas, más que para atar, sirven para poder liberar y para unir fuerzas. Y que con ayuda se puede derribar la estaca. 



En eso andamos ahora, estirando hasta poder arrancarla. Y mientras, afrontamos las 3 funciones diarias de circo, pero con una sonrisa. Porque ahora la memoria nos lleva a saber que se puede. Y que cuando lo necesitemos, podemos volver a sentirnos libres. Dando pedales.



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