Pasear por la noche sin prisa mientras la ciudad se apaga y el frío insiste -sin conseguirlo- en hacerse un hueco en tu espalda.
Despertar un segundo antes de que suene la alarma que te ha de llevar a las funciones diarias… y poder así recibir al sol, que se despereza, despacio, sobre un viejo campanario que tu ventana convierte cada día en un cuadro...