Vivimos rodeados de señales, indicaciones, orientaciones, recomendaciones. Signos que nos marcan el camino y que nos ayudan -en teoría- a no perdernos. En la ciudad, en la carretera, en las redes, en las sendas…
La vida es como el equilibrista de circo. Cuando eres joven no te da miedo, coges la vara y hacia adelante. A comerte el mundo. Luego, conforme adquieres compromisos la vara pesa más, necesitas que el cable sea más grueso y que haya una red debajo. Pero eso lo haces a costa de renunciar a ciertas libertades y a alguno de tus sueños. Entonces tienes que llegar a un pacto. Un pacto entre lo que eres, lo que siempre has soñado ser y lo que realmente puedes llegar a ser.
Vivimos rodeados de señales, indicaciones, orientaciones, recomendaciones. Signos que nos marcan el camino y que nos ayudan -en teoría- a no perdernos. En la ciudad, en la carretera, en las redes, en las sendas…
Hay llamas que iluminan suaves y hay llamas que deslumbran de forma abrupta. Hay llamas que te envuelven en bienestar y calor -como un abrazo sincero- y otras que solo generan pavor y lo devoran todo en apenas unos minutos dejando un rastro de desolación, cenizas y silencio...
Cómo puedes echar de menos algo que no ha existido -y que no será-? Y que solo forma parte del reino de la improbabilidad.
Cómo puedes echar de menos algo que no ha nacido -y que no nacerá-? Y que apenas puedes rozar con los dedos antes de que se esfume y desaparezca en la oscuridad
Hay lazos que van más allá de la sangre. Hay lazos que unen más que la tradición, la costumbre o los papeles. Hay lazos que te hacen más fuerte...
Vivimos eternamente cansados. Y sin energía para si quiera alcanzar todos los compromisos que autoadquirimos: trabajo vocacional que nos ocupa más tiempo del que nos gustaría, crianza presencial -o eso intentamos aunque sea haciendo de mamify/papify-, sin perder la vida social, la atención familiar y las aficiones -que además tenemos que exhibir en las RRSS-...
Tal día como hoy hace 16 años me sentía completamente ridículo. Empapado, envuelto en una bolsa de basura, en el asiento de un autocar viendo como metían mi bicicleta en un camión. Acababa de retirarme de la Quebrantahuesos, la prueba cicloturista por excelencia en España. 200 km y 3600+ en los Pirineos aragoneses. Me quedé en el km 146, después de 100 km de lluvia y frío. La rodilla me dijo basta… y el corazón me dijo que algún día volvería…