Un día te levantas y dejas de correr sin saber bien por qué lo hacías. Te atreves a asomarte por encima de las orejeras y a dejar de mirar solo al frente para mirar también a los lados. O incluso -más importante- hacia atrás -sin miedo-...
La vida es como el equilibrista de circo. Cuando eres joven no te da miedo, coges la vara y hacia adelante. A comerte el mundo. Luego, conforme adquieres compromisos la vara pesa más, necesitas que el cable sea más grueso y que haya una red debajo. Pero eso lo haces a costa de renunciar a ciertas libertades y a alguno de tus sueños. Entonces tienes que llegar a un pacto. Un pacto entre lo que eres, lo que siempre has soñado ser y lo que realmente puedes llegar a ser.
Un día te levantas y dejas de correr sin saber bien por qué lo hacías. Te atreves a asomarte por encima de las orejeras y a dejar de mirar solo al frente para mirar también a los lados. O incluso -más importante- hacia atrás -sin miedo-...
Mientras el mundo gira yo solo pido una pausa. Una especie de tiempo muerto, como los del baloncesto, pero sin instrucciones y sin gritos. Solo silencio...
A veces nos empeñamos en pequeños retos que aparentemente no tienen sentido. Como cuando intentamos deshacer un nudo bien apretado de cualquier hilo perdido o cuando tratamos de desenmarañar unos cables enrevesados que aparecen olvidados en algún cajón...
El aire en la cara te hace sentir libre. En una fría mañana de invierno que aún se despereza mientras pedaleas -acompañado, entre almendros, faldeando la Mariola, a una velocidad pausada, lenta- y el sol apenas se asoma con una fuerza insuficiente para calentar el alma...
Con 4 años y algunos meses me operaron de apendicitis. Peritonitis para ser más exactos. Con perforación. Casi no lo cuento.
De aquella operación me queda una cicatriz -aseada- en el costado y unas heridas emocionales que todavía hoy no han sanado del todo...