Nada más simple para un deseo. Nada más sencillo -y a la vez más complejo-. Cosas buenas. Nada más puro y sincero...
La vida es como el equilibrista de circo. Cuando eres joven no te da miedo, coges la vara y hacia adelante. A comerte el mundo. Luego, conforme adquieres compromisos la vara pesa más, necesitas que el cable sea más grueso y que haya una red debajo. Pero eso lo haces a costa de renunciar a ciertas libertades y a alguno de tus sueños. Entonces tienes que llegar a un pacto. Un pacto entre lo que eres, lo que siempre has soñado ser y lo que realmente puedes llegar a ser.
Nada más simple para un deseo. Nada más sencillo -y a la vez más complejo-. Cosas buenas. Nada más puro y sincero...
Una mesa de piedra despierta los recuerdos. Aquí sentado aprendí a jugar a las cartas. Al truc. Hace ahora -casi- 40 años. Y aparece nítida la imagen de Ana, que -maestra, paciente- te enseñó las reglas del juego, y de quienes eran tus compañeros. Quique, Pepe, Salva, Sergio… Algunos hoy lo siguen siendo...
El corazón late, aunque pasen los años y lo haga más despacio. Aunque no quieras y trates de amortiguarlo. Y aprende a regularse con cada roce, con cada espina, con cada golpe, con cada arañazo...
Vivir y no sobrevivir. Vivir de forma consciente. Vivir y rascar para encontrar más allá de la superficie. Vivir para estar pendiente de algo más que hacer malabares y que no se caigan las mazas...
Te debo un invierno, un invierno completo. Soy consciente. Lo sé. Lo anoto en el cuaderno junto a los deseos pendientes...