El corazón late, aunque pasen los años y lo haga más despacio. Aunque no quieras y trates de amortiguarlo. Y aprende a regularse con cada roce, con cada espina, con cada golpe, con cada arañazo...
El corazón late y por unos segundos te devuelve el brillo… para apagarse más tarde, algo confundido, porque le cuesta entender que toca bajar revoluciones y reducir los latidos. Que te pueden las ganas de disfrutar de la vida -que te pueden los miedos a reabrir viejas heridas-.
El corazón late y no sabes cuando -y no sabes cuanto-. Pero la memoria te invita a domesticarlo -en la penumbra de la escalera donde te mordiste los labios- y medir bien los pasos.
El corazón late -joven, rebelde, inconsciente, insensato- aunque esta vez toque ponerlo a resguardo y dejarlo en stand by, dormitando, masticando esa renuncia que es el viaje de regreso del sueño*
*de Renuncia de Andrés Eloy Blanco

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