Una mesa de piedra despierta los recuerdos. Aquí sentado aprendí a jugar a las cartas. Al truc. Hace ahora -casi- 40 años. Y aparece nítida la imagen de Ana, que -maestra, paciente- te enseñó las reglas del juego, y de quienes eran tus compañeros. Quique, Pepe, Salva, Sergio… Algunos hoy lo siguen siendo...
Las imágenes emergen envueltas en esa bruma que acompaña en invierno a este bosque denso con los árboles cada vez más viejos y cada vez más altos, como si quisieran cosquillear el cielo.
Y a cada paso se despierta la memoria. Aquí plantamos la tienda, allí
hicimos el mochilero, allí encendimos el fuego, aquí nos escapamos con las
linternas, corriendo. Allí te di -nos dimos- el primer beso.
Aunque no todo fue bueno. Allí fue donde le dijeron a José Vicente que su padre había muerto. Y aún resuena su grito desesperado rompiendo el silencio.
Paisaje sentimental de una infancia y una adolescencia que ya no volverá, pero que permanece viva en la memoria y se asoma de vez en cuando, con su inocencia, para arrancarte de la rutina y atestiguar el paso del tiempo. Para rascar y sentir que tras la corteza y los arañazos el corazón todavía sigue, latiendo.
Una mesa de piedra impasible a la lluvia, a la nieve, al frío o al viento. Eso quiero ser. Solo eso.


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