domingo, 22 de febrero de 2026

Los apéndices perdidos

Con 4 años y algunos meses me operaron de apendicitis. Peritonitis para ser más exactos. Con perforación. Casi no lo cuento. 

De aquella operación me queda una cicatriz -aseada- en el costado y unas heridas emocionales que todavía hoy no han sanado del todo...

Recuerdo un dolor indescriptible -agudo, intenso- llorando de camino al hospital con la mirada fija en el techo de aquel SEAT 124 anaranjado. Y recuerdo sobre todo la soledad y la crueldad con la que me trataron. A un niño de 4 años. 




En aquella época -1980- los padres no podían estar en el hospital más que una hora de visita al día. El resto del tiempo estuve solo, en una habitación triple con otros dos niños. Niño y niña. También solos. María y Vicent que gritaba desconsolado “mare, mare, me’n vullc anar a casa’. Esperando cada día esa hora de gracia que no llegábamos a entender por qué pasaba tan rápido y por qué luego nos dejaban abandonados. 

Como era un poco rebelde me quitaba la sonda que vía nasal me llegaba al estómago. Hasta que las enfermeras me ataron. Primero un brazo, luego los dos cuando vieron que utilizaba también la izquierda.  

Aún así, estiraba y estiraba con rabia hasta que cedían las vendas y me sacaba otra vez la sonda. En el hospital no se les ocurrió mejor idea que entablillarme los brazos con unas maderas. Y ya puestos, atarme los pies para que no pudiera defenderme con las piernas. Ya solo podía protestar con mi silencio que desde entonces ha sido un buen compañero.

Así me tuvieron unos cuantos días, hasta que me retiraron la sonda y cada mañana podía bajar de la cama para esperar junto a la ventana a que apareciera el coche naranja… y subirme rápido, meterme entre las sábanas, y fingir indiferencia en esa hora tan corta en la que mis padres disimulaban como podían su dolor y su pena y en la que -a la fuerza- aprendí a desarrollar mi -mal entendida- autosuficiencia. 

No solté ni una lágrima en los 8 días que duró el encierro. Tampoco luego. Y hasta hace bien poco lo recordaba incluso con distancia emocional y una cierta dosis de orgullo algo impostado. 

Hasta hace algunos días. Que operaron de apendicitis a mi hijo Mateu. Peritonitis para ser más exactos. Sin perforación. Con 4 años y 2 meses. En ese mismo hospital, pero ahora todo renovado. A él esta vez le han tratado con una infinita dulzura en la semana que ha durado el ingreso. 



Curioso destino. Curiosa forma de sanar las heridas y aprender que el corazón y los sentimientos están por encima de cualquier norma absurda. Que no hay dios que me separe de mi(s) hijo(s) y que hay que tener mucho -mucho- cuidado en cómo tratamos a los niños. 

Que nunca es tarde para llorar, abrir la coraza y dejarte acompañar. Que nunca es tarde para pedir perdón y para saber perdonar.



Cuando volvíamos a casa, en el coche, le pregunté a Mateu qué había sido lo mejor de esta semana en el hospital. "Que hayáis estado conmigo todo el tiempo". Me alegro que ese vaya a ser su recuerdo. 

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