Nada más simple para un deseo. Nada más sencillo -y a la vez más complejo-. Cosas buenas. Nada más puro y sincero...
Hace ahora casi 20 años que me dejé llevar por esas ‘Cosas buenas’ que irrumpieron en mi vida en forma de libros, música -un CD de Fito con dedicatoria que hicimos nuestra- y unos cuantos conciertos para derramar -con nocturnidad y alevosía- esa inocente declaración de intenciones.
Las cosas buenas llegaron y lo inundaron todo… y también se marchitaron. Por hacer y no sentir. Por mirar y no ver. Por oír y no escuchar. Por cumplir y no vivir. Por ser y no estar. Por falta de constancia y de ese agua que dejó de filtrar en una tierra cansada y reseca. Por exceso de confianza en un espíritu mágico que acabó quedándose sin eco.
He tenido muchas cosas buenas en este tiempo. Seguramente más de las que merezco -o más de las que he sabido disfrutar, acostumbrado a vivir con el freno de mano echado-. No me arrepiento. Quiero pensar que -a base de golpes- aún aprendo.
No lamento lo que ya no tengo. Agradezco lo que hubo, lo que hay y lo que vendrá en estos nuevos caminos y compañer@s que se incorporan a la bitácora de este cuaderno.
Y yo? Y yo elijo quedarme con el recuerdo de las Cosas buenas -aunque no siempre es fácil, es cierto-. Y salir ahora al encuentro de las cosas nuevas. Que las cosas, cosas son. Y en mí está encontrar lo bueno.
Porque a determinada edad ya no se trata tanto de llenar tu vida de cosas, sino llenar tus cosas de vida.
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Hace unos días volví a ver a Fito en concierto. Fue emotivo y con una cierta dosis de catarsis existencial. Muy diferente a la primera vez que lo vi con Platero y Tú en los primeros años noventa en la sala la Zeppelin de Valencia, con apenas 50 personas y unos teloneros ‘Hechizo’ a los que no cumplieron lo que les prometieron. Por en medio muchos conciertos que me he perdido.
No quiero perderme más conciertos. Más claro. No quiero perderme más.
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