sábado, 14 de febrero de 2026

Pequeños placeres

Pasear por la noche sin prisa mientras la ciudad se apaga y el frío insiste -sin conseguirlo- en hacerse un hueco en tu espalda.

Despertar un segundo antes de que suene la alarma que te ha de llevar a las funciones diarias… y poder así recibir al sol, que se despereza, despacio, sobre un viejo campanario que tu ventana convierte cada día en un cuadro... 



Salir a rodar sin una ruta prefijada, dejándote llevar donde el viento te manda y decidir el sentido en cada cruce de caminos. 

Pedalear lento hacia casa tras disfrutar de un concierto que te recuerda las cosas buenas… y recibir un mensaje que te hace dudar, improvisar, vencer la pereza, el viento y el frío… y cambiar de destino -para seguir saboreando el rocanrol y la cerveza en familia-. 

Celebrar con tus amigos un gol en el último minuto… aunque no sea de tu equipo. Y emocionarte igualmente. No es tu equipo. Son tus amigos.

Llorar solo junto a 12000 personas con la música en directo que te ayuda a sanar viejas heridas… llorar también en el cine pero en buena compañía. 

Cocinar los platos de la semana, dejándote llevar por el tacto, los olores, los sabores… y el sonido seco del cuchillo cuando rasga y hace ‘tac’ sobre la tabla.

Doblar la ropa al sol con mimo… sabiendo que es la que se pondrán tus hijos. Y visualizar sus sonrisas cuando en el momento del reencuentro te pidan que les hagas cosquillas.  

Escuchar como golpea suave la nieve en tu capucha mientras cierras los ojos en el telesilla. Y por un momento -a pesar de los -5 grados- pensar que te quedarías allí toda la vida. 

Pinchar dos veces en una semana… y sentirte afortunado por no haberlo hecho las 50 anteriores. Y tener que sacar la bici vieja -la de los viajes- la que te trae recuerdos de momentos agradables, la que va soltando la soga de la estaca. 


Dedicar una tarde entera a leer -y a leerte-. Dedicar tiempo a escribir para intentar comprenderte. 

Pequeños placeres. Placeres no tan pequeños que llenan de vida tus cosas. 

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