martes, 14 de abril de 2026

gratitud

Un día te levantas y dejas de correr sin saber bien por qué lo hacías. Te atreves a asomarte por encima de las orejeras y a dejar de mirar solo al frente para mirar también a los lados. O incluso -más importante- hacia atrás -sin miedo-...

En esa mirada -más pausada, más tranquila- te enfrentas con tu pasado para empezar un diálogo con tu yo de hace 30 años. 

Y a cada pregunta que llega -a bocajarro- hay una respuesta sosegada, pacífica, una mirada más comprensiva en la que dejas de ser ese juez que siempre te exige, ese juez que siempre te castiga. 



Encuentras en el agradecimiento la calma que no te daban las quejas ni la frustración injustificada. Y acabas entendiendo que la rabia no era más que miedo y desconfianza a no poder cumplir las expectativas, a no poder cumplir lo que de ti se esperaba. A esa -mala- costumbre de poner los objetivos por encima de las personas. De perseguir metas que no son las tuyas.

Y con la pausa -y la paz- sentirte por fin libre. Y reconocer -y reconocerte- a los que te han acompañado en ese camino. 

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A buena parte de ellos los junté el otro día celebrando mi 50 cumpleaños. Y me sentí afortunado de contar con ellos, de verlos a mi lado, de sentirlos cerca. De sentirlos simplemente. 



De poder celebrar y de ser más consciente para lo que viene. De entender que -como pintaba Lucientes- con los años ‘Aún aprendo’. Que no todo está perdido, que no todo está ya escrito. Y que no pasa nada si alguno de mis renglones anda algo torcido. 

Sentirse agradecido es sentirse en paz. Y a determinada edad la paz -mental- es la aspiración más necesaria, porque más vale tener paz que tener razón. Agradecido. Así me siento. 

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"Las gratitudes" es el título de un libro que te llega al alma. Fácil de leer, sencillo y directo a las entrañas. Cuenta la historia de Michka, una anciana que lucha en el ocaso de su vida mientras pierde las palabras. Sola, en una residencia en la que de tanto en tanto recibe la visita de un logopeda y una vecina, Jérome y Marie, a los que, pese a todo, sorprende con sus preguntas certeras. 

Y con su obstinación en contactar con aquella familia que siendo niña la acogió -y la salvó- en plena guerra. Solo para poder decirles: gracias.



"Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo (...) Readaptarse. Reorganizarse. Apañárselas. No darle importancia. No tener ya nada que perder"


"En apenas unas semanas, su elocución se ha vuelto más lenta, más sinuosa (...) Estoy vencido. Lo sé. Conozco ese punto de inflexión. Ignoro la causa, pero compruebo sus efectos. La batalla está perdida. Pero no debo rendirme (...) Hay que luchar. Palabra a palabra. Sin concesiones. No hay que ceder. Ni una sílaba, ni una consonante. Sin el lenguaje ¿qué nos queda?"


"Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. (...) Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio. Pero lo que me sigue sorprendiendo, lo que me alucina incluso, lo que aún hoy me deja a veces sin aliento, es la perdurabilidad de las penas infantiles. La huella ardiente, incandescente, que dejan pasar a pesar de los años. Una huella indeleble" 

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