Vivimos rodeados de señales, indicaciones, orientaciones, recomendaciones. Signos que nos marcan el camino y que nos ayudan -en teoría- a no perdernos. En la ciudad, en la carretera, en las redes, en las sendas…
Vivimos rodeados de voces que no dejan de hablarnos -con más o menos acierto y tono impersonal- y que nos sugieren continuamente la ruta que debe hacernos el recorrido más rápido, más fácil, más sencillo.
Vivimos encerrados en un mundo que nos apabulla y que no nos deja pensar y preguntarnos ¿qué pasaría si me salgo de las lindes del camino?
¿Qué pasaría si me dejo llevar por el instinto? Que pasaría si me dejo llevar -simplemente- y solo deambulo sin horarios, sin itinerario, sin rumbo fijo...
¿Qué pasaría?
¿Qué pasaría si enviamos a las señales -y a las voces- a tomar por culo?

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