Hay llamas que iluminan suaves y hay llamas que deslumbran de forma abrupta. Hay llamas que te envuelven en bienestar y calor -como un abrazo sincero- y otras que solo generan pavor y lo devoran todo en apenas unos minutos dejando un rastro de desolación, cenizas y silencio...
Hay llamas que te acompañan -pausadas, tranquilas- oscilando al compás de ese oxígeno que nos envuelve y respiramos lento -conscientes- y otras que te encienden en lo más profundo sin saber por qué puerta han entrado y cómo te han alcanzado tan adentro.
Hay llamas que pretendemos domesticar y las amontonamos en una diminuta caja de cartón, para rascar con el lateral y poder verlas a conveniencia… sin comprender que el fuego no entiende de relojes ni de juegos.
Hay llamas que son Aquí y Ahora. Como esa
cerilla que se sacrifica y por unos segundos ilumina la noche… sin llegar a
convertirse en vela. Y te muestra un camino que se queda en tu memoria. Como el
fulgor de esa llama que ya no quema, pero aún recuerdas.

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