domingo, 21 de junio de 2026

De medallas y espinas

Tal día como hoy hace 16 años me sentía completamente ridículo. Empapado, envuelto en una bolsa de basura, en el asiento de un autocar viendo como metían mi bicicleta en un camión. Acababa de retirarme de la Quebrantahuesos, la prueba cicloturista por excelencia en España. 200 km y 3600+ en los Pirineos aragoneses. Me quedé en el km 146, después de 100 km de lluvia y frío. La rodilla me dijo basta… y el corazón me dijo que algún día volvería…

Ese día llegó el sábado pasado en el que regresé a Sabiñánigo. 16 años después, pasados ya los 50, con dos hijos y algunas magulladuras en la mochila. Con una mayor conciencia de lo que es la bici -con una mayor conciencia de lo que es la vida-.



Con más kilómetros en las piernas. Habiendo aprendido que la bici es algo más que ponerse un culotte y hacer carretera. Es una forma de entender la vida: para ir al trabajo, para ir a comprar, para llevar los nenes al cole, para viajar con alforjas y conocer buena gente. Para reencontrarte y reconocerte en tus virtudes y en tus limitaciones.



Con más ganas de disfrutar y sin estar pendiente de los tiempos. Así salimos con Fernando Ferrari y Rafa Mora, viejos amigos de la bici, junto a Juan, con un espíritu admirable a pesar de llevar este año menos kilómetros en las piernas. Uniformados como equipo con Ciclo21.



De salida, calma en la histeria colectiva de los que viven la QH como si fuera una carrera. 60 de ellos se quedaron en una montonera en la cuneta. No sé si les vale la pena. 



Camino al Somport primera incidencia. Al ir a beber rompí la tapa que en el cuadro abre el hueco de las herramientas. Me quedé con la tapa, el botellero y el botellín en la mano. Y dos opciones. Dejarlo todo allí o intentar apañarlo. Así lo hice con cinta americana que llevaba enrollada al bombín. Truco cortesía de los amigos de Velorecicla que aprendí en la Veloaventura del pasado diciembre en Almería 



Subimos Somport sin mayor contratiempo y en la rápida bajada a Escot, ya en Francia, disfruté de un paisaje espectacular con la vegetación exuberante y húmeda junto al río Gave d'Aspe y los Pirineos nevados de fondo. Muy diferente a aquel 2010 en que bajamos envueltos en la niebla, con el suelo mojado y muy peligroso y temblando de frío. 

 

Llegó el temido Marie Blanque y llegó el calor. Allí nos reagrupamos Rafa, Fernando y yo en lo que acabó convirtiéndose en una procesión del silencio. Nadie hablaba. Costaba, incluso, adelantar a la hilera de caminantes y, pese a los cerca de 35 grados, el Garmin parecía congelado sin que avanzaran los metros en esos 4 km al 12% de desnivel.



En la cima nos despedimos de Ferrari que luchó contra el calor como un jabato y finalmente se dirigió al Portalet. Hacía allí fuimos antes Rafa y yo, animados y con ganas de recuperar el tiempo perdido. Así lo hicimos al principio, adelantando multitud de ciclistas, entre ellos Juan, que seguía demostrando que un espíritu combativo -e imperecedero- puede más que la falta de entrenamiento. 



Volábamos hacía la cima hasta que sobre el km 10 de los 27 km que tiene el Portalet me tocaron en el hombro. Me giré y era el tío del mazo -o Freddy Mercury como lo llaman en la 2D, la peña de Godella que la que a veces salgo con mi hermano-. Pajarón en toda regla. Y quedaban más de 15 km a la cima. Piñón grande y a sufrir, con la paciencia infinita de Rafa. Había que llegar a meta. Este año sí. 



Luchaba contra la fatiga, contra un calor insoportable y contra el viento en contra. Y con los fantasmas de la última QH en la que me retiré allí en el 2010. Le prometí a mi rodilla izquierda que si aguantaba no la castigaría los próximos días con la bici. Se tragó la mentira y sufriendo como un perro llegamos a la cima agradeciendo cada palabra de ánimo de los aficionados y cada botellín helado volcado en la nuca. 



En la bajada había que apretar para que no nos cerraran el paso a la Hoz de Jaca, la última subida del día. No llegamos por muy poco. Y veíamos -entre disgustados y aliviados- retorcerse en la carretera de enfrente a los que sí habían podido acceder a la Hoz 4 minutos antes. Tampoco pasaba nada. Ya habíamos tenido nuestra particular Hoz de Jaca en la salida de la -espectacular- casa de Carlos en Sabiñánigo. Y nos esperaba, acabada la prueba, otro km al 12 % de regalo para volver a la casa. 



Lanzados hacia Sabiñánigo Rafa sacó su manual de rodador para enfilar el grupo y montar un autobús al que se fueron subiendo y bajando pasajeros. Yo entre ellos. Las piernas no me daban para más. 


Agradecí, en todo caso, hacer en soledad los últimos kilómetros para poder recordar todos los largos entrenos de estos meses -también solo- y todas las personas que me han acompañado en este tiempo. Y me emocioné al ver la primera señal que indicaba Sabiñánigo, siendo consciente que, 16 años después, iba a poder acabar la QH.



En la recta final a meta algunas lágrimas más, besos a mis pulseras, y a la llegada un abrazo sentido con Rafa y un mensaje de whatsapp para los chiquillos: “Papá lo ha conseguido”. 

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PD: Aún quedaba la vuelta a la casa y esa pequeña trampita del 1,5 km al 12 % -con 200 km en las piernas-. Se me hizo más llevadera de lo que pensaba. Imagino que algo tendrían que ver las 4 cervezas del recovery 🤟 

4 comentarios:

  1. Enhorabuena Gonzalo, esta vez has ganado tu

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  2. Moltes gràcies. Con acabar tenía suficiente. La vida, a veces, te da segundas oportunidades

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  3. Qué bo Gonzalo!!! Enhorabona, espineta llevada i prova superada! M alegre molt

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    1. Moltes gràcies Willy! A vore quin dia rodem junts ara que estàs enganxant-te!

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