No te lo vas a creer pero el otro día me encontré con el zorro de 'El Principito'. Mira la foto. Yo siempre me lo imaginé así. Marrón/rojizo, menudo, ingenuo y un poco asustadizo...
Bajaba de la Cartuja, pedaleando al anochecer, de regreso a Valencia, cuando lo vi a mi derecha, junto a la carretera.
Andaba algo desorientado -eso parecía- no sé si buscando comida de esos campistas que entre semana esconden la caravana en la pinada de Porta Celi, en el corazón de la Calderona.
Di la vuelta para hacerle una foto al Zorro, pensando que huiría. Pero se quedó. Y me miraba con ojos de pena. Por momentos pensé que arrancaría a hablar y me pediría que lo domesticara, como el que imaginó Antoine.
No lo hizo, pero ahí se quedó, invitándome a ponerle pausa a la salida en bici. Cuando pasaba un coche, se retiraba entre los arbustos, pero en seguida se giraba para buscarme, como invitándome a seguirle.
Lo hubiera hecho, pero iba con la bici de carretera y con las calas. Así que me acerqué hasta el final del asfalto, le dije adiós y con cierto pesar me volví a casa.
De camino pensaba en el zorro. Y en todas las cosas que me he perdido por no ponerle pausa a la vida. En todas las conversaciones y miradas, en todos los abrazos y sonrisas, en todos esos momentos que ya no serán -y que ahora ya no tiene sentido pensar qué hubiera sido si…-.
Así que la próxima vez que vea al zorro le seguiré. Y si él quiere, lo domesticaré. Y si él acepta, dejaré también que me domestique.
- ¿Qué significa
“domesticar”?
– Es una cosa demasiado olvidada –dijo el zorro–. Significa
“crear lazos”.
– ¿Crear lazos?
– Sí –dijo el zorro–. Para mí no eres todavía más que un
muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te
necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más
que un zorro semejante a cien mil zorros.
Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del
otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único
en el mundo...
–Empiezo a comprender –dijo el principito–. Hay una flor...
Creo que me ha domesticado...
(...)
–¡Por favor... domestícame! –dijo el Zorro.
– Bien lo quisiera –respondió el principito–, pero no tengo
mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer
muchas cosas.
– Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el
zorro–. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada.
Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no
existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen
amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
– ¿Qué hay que hacer? –dijo el principito.
– Hay que ser muy paciente –respondió el zorro–. Te
sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba.
Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de
malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco
más cerca...
Al día siguiente volvió el principito.
–Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro–.
Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré
a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más
feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto;
¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a
cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi
corazón... Los ritos son necesarios.
–¿Qué es un rito? –dijo el principito.
–Es también algo demasiado olvidado –dijo el zorro. Es lo
que hace que un día sea diferente de los otros días: una
hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo,
hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo.
El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme
hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos
los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la
hora de la partida:
– ¡Ah!... –dijo el zorro–. Voy a llorar.
– Tuya es la culpa –dijo el principito–. No deseaba hacerte
mal pero quisiste que te domesticara...
– Sí –dijo el zorro.
– ¡Pero vas a llorar! –dijo el principito.
– Sí –dijo el zorro.
– Entonces, no ganas nada.
– Gano –dijo el zorro–, por el color de trigo.
Luego, agregó:
–Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la
tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y
te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:
– No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún
–les dijo–. Nadie os ha domesticado y no habéis
domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más
que un zorro semejante a cien mil otros.
Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
– Sois bellas, pero estáis vacías –les dijo todavía–. No se
puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte
común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es
más importante que todas vosotras, puesto que es ella la
rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien
puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien
abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas
orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron
mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché
quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto
que ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
– Adiós –dijo.
– Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto. Es muy simple:
no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a
los ojos.
– Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a
fin de acordarse–
– El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea
tan importante.
– El tiempo que perdí por mi rosa... –dijo el principito, a fin
de acordarse.
– Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–.
Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre
de lo que has domesticado.
"El Principito", Antoine de Saint-Exupéry
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