El otro día me mojé en la bici. Nada diferente a lo de otras veces, solo que estaba a 80 km de casa, no llevaba chubasquero, iba solo y se me hacía de noche. Parar no era una opción...
Y mira que llovía en Aín subiendo a Almedíjar, uno de los puertos más bonitos de Castellón. Con lluvia todavía más. Bonito de subida, porque de bajada y mojado da un poco de miedo. Con la carretera en seco ya es peligroso. Allí se mató Cabedo.
Cuando bajaba tiritando maldecía mi atrevimiento. Porque en realidad hasta Eslida no llovía. Tronaba sí, pero no llovía. Podía haber dado la vuelta en la cima de Eslida y haberme ahorrado algunos kilómetros -y la lluvia- pensaba mientras pedaleaba bajo el aguacero. Pero es que allí arriba solo tronaba. ¿Qué podía salir mal en dejarme caer y alejarme más de casa -aunque no llevara chubasquero y no hubiera comido-?.
Me dejé caer hacia Eslida sabiendo que era un punto de no retorno. Si llovía tenía por delante 80 km para volver a casa -y dos puertos-.
Y llovió. Vaya si llovió. Y tronó. Y relampagueó en la soledad de una ascensión a Almedíjar ya de por sí bastante solitaria y mágica con esos alcornoques gigantes sacados de un cuento que parecían cobrar vida.
Salvado el primer descenso tocaba dar pedales para entrar en calor. Ahí la lluvia y el frío ya molestaban menos. Y en el Oronet por detrás apareció de nuevo el sol para evaporar el agua de la carretera y subir -también en soledad- atravesando la niebla de los vapores.
Ya cerca de casa, en Porta Celi, otra imagen para el recuerdo: un arcoíris completo bajo el que coloqué la bici y pensaba, que solo por eso, había valido la pena el atrevimiento.
Entonces me di cuenta que el arcoíris acababa justo por donde estaría mi casa. Y que era señal de más lluvia…. aunque yendo mojado, qué más daba. Yo ya tenía mi premio.



No hay comentarios:
Publicar un comentario