Anoche vi llorar al cielo. No mucho, solo un rato, un tiempo. A un ritmo pausado, lento. Un constante goteo de lágrimas de fuego que se asomaban de tanto en tanto a través de un velo de nubes, entre bostezo y bostezo. Y no eran tristes, eran lágrimas de sueños. Las que nos trae cada año, en agosto, San Lorenzo o Perseo, según credos. Eran lágrimas sin pegamento...
La vida es como el equilibrista de circo. Cuando eres joven no te da miedo, coges la vara y hacia adelante. A comerte el mundo. Luego, conforme adquieres compromisos la vara pesa más, necesitas que el cable sea más grueso y que haya una red debajo. Pero eso lo haces a costa de renunciar a ciertas libertades y a alguno de tus sueños. Entonces tienes que llegar a un pacto. Un pacto entre lo que eres, lo que siempre has soñado ser y lo que realmente puedes llegar a ser.
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martes, 13 de agosto de 2013
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