Una mirada basta para reconocerse. Los ojos entrecerrados, polvo en las patas y algunas dentelladas. También un ligero brillo en las pupilas que te invita a confiar a pesar de la distancia, a pesar de las heridas...
Cuando empieza el viaje se aparcan los miedos. El camino roto y las subidas imposibles no dan tregua y te obligan a redoblar esfuerzos, con el aliento contenido -casi sin resuello- por los 20 kilos adicionales de peso.

Con el consuelo, eso sí, de saber que es un sufrimiento compartido con los otros ‘perros’. Cada uno a su ritmo. Cada uno en su espejo. Celebrando en manada cada pequeña victoria, cada paso, cada pedaleo.
Hasta alcanzar el final del trayecto y repasar la jornada y las risas compartidas con el exiguo premio de una ducha fría y un cazo caliente con algunos huesos.
Una mirada basta para reconocerse. Somos ‘perros viejos’, sí, pero sin collares y con pedales -y corazones- nuevos.


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