Ayer fui a veros. Otra vez. Y como la última, os vi felices, alegres y contentos en vuestra nueva normalidad. Tan rápido que me consuela, tan rápido que a veces duele...
Es un dolor egoísta, lo sé. Pero no puedo evitarlo cuando me cuelo en la casa sin abrir la puerta y os observo sin que me veáis.
Oigo vuestras risas que me tranquilizan -y me martirizan al mismo tiempo-. Y os veo correr por ese pasillo inmenso mientras leo en el sofá con el sol de invierno que ahora envuelve vuestra crisálida en la que solo soy un invitado...
Me duermo para no molestaros. Os oigo jugar mientras resuenan los recuerdos de un pasado que ya no será y en el que las risas se van desvaneciendo.
En sueños os acuesto y os leo un cuento en el que construiremos juntos nuevos proyectos. Con nuestras manos, con nuestro afecto.
Y me despierto, para hacerme consciente, para hacerme visible y deciros que estoy aquí. Y decirme a mi mismo que sí, que todavía estoy a tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario